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sábado, 27 de fevereiro de 2016

Museo Manuel Tolsá. Palacio de Minería, Mexico.

Antecedentes de la Minería
Época prehispánica



Diversos autores han hecho hincapié en la gran significación de las especias y el oro en los destinos de América. Efectivamente, constituyeron un factor determinante en la historia de los descubrimientos, pero el contacto inicial con la riqueza americana -como se deduce de las cartas de Colón y por la rebeldía de su gente- fue desilusionante: el oro de las Antillas era escaso y pronto desapareció sin saciar la sed de los conquistadores por tan preciado metal. En sus últimos viajes, Colón tocó la costa del Darién, mas los europeos no lograron ver realizadas sus ambiciones de obtener el oro tan deseado.


El primer conocimiento extranjero de la orfebrería mexicana se efectuó hacia 1517, cuando, según nos informa Bernal Díaz del Castillo, Henández de Córdoba recogió en Cabo Catoche algunas "patenillas de medio oro y lo más de cobre, y unos pinjantes, y tres diademas, y otros pecezuelos y ánades de la tierra, y todo de oro bajo". La ausencia de ríos -sin contar la de minas- en la península de Yucatán, restaba toda posibilidad de abundancia de metales en la zona.

La segunda expedición a las costas mexicanas, en 1518, reveló a los acompañantes de Grijalva la riqueza de la orfebrería en Tabasco y Veracruz. Fue en el primero de estos sitios en donde, después de rescatar figuras vaciadas de lagartijas y aves, le informaron a Grijalva que, "adelante, hacia donde se pone el sol hay mucho (oro); y decía Culúa, Culúa y México, México". Algún tiempo más tarde, gran parte de la riqueza de objetos de orfebrería, plúmaria y mosaico fue remitida a Carlos V, y las nóminas conservadas por Gómara y por Oviedo son fiel testimonio de su belleza e importancia.

Pero para Hernán Cortés, en la tercera de las expediciones, en 1519, estaba reservada la fortuna de conquistar aquel fabuloso tesoro. En Veracruz recibió el imperial envío de Moctezuma: plumas, ornamentos de oro y piezas de mosaico de piedras preciosas, con el que los indígenas colmaban a los hijos del sol que sus profecías les habían anunciado. La nómina de la primera remisión vuelve a ser testimonio elocuente de su suntuosidad, pues en aquel acervo figuró el célebre sol de oro del tamaño de una rueda de carreta, cuyo solo valor intrínseco se estimó en tres mil ochocientos pesos del mismo metal.


Entre 1519 y 1526 la riqueza de oro del Anáhuac fue saqueada y enviada a Europa: la remisión de Grijalva y la casi simultánea de Cortés (1522); la tercera de este mismo, enviada al emperador poco antes de emprender su viaje a las Hibueras en 1524; y la última, dos años después de la fecha citada, sólo se conocen por el inventario realizado por Cristóbal de Oñate, en el cual ya figuran piezas de orfebrería colonial como "un crucifijo y unas imágenes de Nuestra Señora y San Juan". Todavía no es posible precisar la riqueza aurífera remitida en este periodo, mas debe tenerse en cuenta que la recogida hasta antes del suceso de la Noche Triste se ha estimado en cerca de cuatro millones de pesos, con el poder adquisitivo de su tiempo. Sin embargo, de todo lo descrito por cronistas, misioneros, códices y nóminas de remisión, nada queda en Europa que válidamente pueda atribuirse a los envíos de Cortés. La casi totalidad del enorme acervo de piezas precortesianas que se exhiben en los museos procede de excavaciones posteriores o tumbas exploradas en tiempos modernos.

La fuente que se dispone para el estudio de la minería y la metalurgia prehispánicas la constituyen los códices, libros de Anáhuac que fueron tempranamente conocidos en Europa. Cortés envió a Carlos V dos ejemplares en 1519 y Pedro Mártir de Anglería, quien los tuvo en sus manos. los describió detalladamente.

Entre los códices de manufactura indígena pueden mencionarse la Matrícula de Tributos, cuya importancia artística es escasa, pues su interés fundamental es histórico por consignar jeroglíficamente la nómina de pueblos y la clase de tributos que se pagaban al imperio azteca en tiempos de Moctezuma 11; el Códice Florentino, el Códice Mendocino, el Códice de Azoyú, el Códice Flotzin, el Códice Xólotl y el Lienzo de Jucutácato, documentos estos últimos que en conjunto nos dan los datos necesarios sobre la minería y metalurgia antes de la llegada del europeo a tierras mesoamericanas. A los anteriores cabe agregar las cartas de Hemán Cortés y la Historia de Bernal Díaz del Castillo, escritos históricos en los que sus autores, casi siempre con gran asombro, describen los objetos de oro, plata y cobre que pudieron admirar y estrechar entre sus dedos.




La arquelogía, a través de diversas investigaciones, ha logrado el hallazgo de objetos que son testimonio del trabajo de los metales (oro, plata, cobre, estaño y plomo) para diversas finalidades: hachas, anzuelos, punzones, tubos, puntas de lanza, agujas y alfileres, todos hechos en general de cobre; joyas y otros objetos artísticos como pectorales, collares, pulseras, cascabeles, anillos, orejeras, etc., en los que se empleó de preferencia el oro con diferentes técnicas: martillado, repujado, filigrana, chapeado y moldeado por medio de la cera perdida. Se afirma que en el México prehispánico se utilizaron aproximadamente treinta y cinco minerales no metalíferos y catorce que sí lo son.

Las minas prehispánicas, algunas de considerable antigüedad, se encontraban sobre todo en la sierra de Querétaro y en diversos lugares del bajo río Balsas. La zona donde fundían el oro recogido de los ríos se ubicaba en las serranías occidentales de Oaxaca, donde los mixtecos o los zapotecas mixtequizados manufacturaban objetos ornamentales o de usos rituales. Otro gran centro debió ser, y hay datos para afirmarlo, el Atzcapotzalco Azteca, pero sus obras fueron saqueadas y sometidas a crisol en el siglo dieciséis, sin legar prácticamente a la posteridad objetos de esa cultura. Otro importante centro floreció en la región oriental de Oaxaca, en los límites con el sur de Veracruz, en la Mixteca chinanteca y en la Mixtequilla veracruzana.

Sin lugar a discusión, el arte de los metales tuvo su origen en Ecuador o en Perú y de allí se transmitieron varias técnicas por la costa del Pacífico hasta Panamá y Costa Rica, donde se establecieron importantes industrias para trabajar el oro. La metalurgia parece haber llegado tarde a México, evidentemente no antes del siglo X o tal vez en el siglo XI D.C. Los metales conocidos y utilizados por las diversas culturas mesoamericanas eran solamente el oro (teocuítlatl), la plata, el cobre (tepuztli), el plomo y el estaño. El oro procedía principalmente de los actuales territorios de Guerrero y Oaxaca, lo sacaban de las arenas de los ríos lavando éstas en jícaras, o bien extrayéndolo de vetas superficiales, "para cuyo descubrimiento tenían ciertas reglas eficaces en tiempos de aguas". La plata no está mencionada en el Códice Mendocino entre los tributos, pero los conquistadores recogieron grandes cantidades y vieron argénteas joyas en los mercados. Humboldt dice que "ya en tiempo de Moctezuma los naturales beneficiaban las vetas de plata de Tlachco (Taxco) y Tzompango (Zumpango)". Tampoco figuran el plomo y el estaño entre los tributos que menciona el Mendocino, mas del segundo se servían como moneda. Del cobre, extraído sobre todo de Tlachco y Cohuxco (Guerrero y Oaxaca), hacían joyas y hachas para cortar la madera (los tepuzcuauhxexeloni) y para labrarla (tlaximaltepuztli). Su explotación la hacían a tajo abierto o en galería cerrada, calentando la roca y haciéndola reventar con agua fría. Los ocres, rojo (óxido férrico) y amarillo (hidrato férrico) les servían en las pinturas, mapas y para teñirse el cuerpo y la cara. De obsidiana (cuarzo y feldespatos amorfos, que ellos llamaban iztli) fabricaban espejos, cuchillos, navajas y puntas de flecha. Para construcción empleaban la traquita, el tetzontli (lava escoriosa) el tepétlatl y la cal (eneztli). La primera fue usada en las esculturas colosales de Coatlicue y otros ídolos, en la Piedra del Sol, en el cuauhxicalli de Tizoc, etc. El teoxíhuitl, turquesa reservada para los ídolos; el chalchíhuitl, de uso exclusivo de los nobles; el quetzalchalchihuitl, muy verde y transparente; el quetzalztepiollotli u ópalo; el tlapalteoxíhuitl o rubí, etc., eran sus principales piedras preciosas, con las que avaloraban sus pendientes, collares, pulseras, bezotes y narigueras.





El arte indígena de la orfebrería

En los manuscritos matritenses, Sahagún conservó las noticias conocidas acerca de la técnica metalúrgica indígena. Dos son las descritas: el martillaje y a la cera perdida o fundición. El martillaje consistía en repujar el dibujo que previamente proporcionaban los pintores, realzando los motivos en delgadas láminas de oro, "haciendo bollos y realces, sujetándose siempre al modelo". En diversos museos del país se exhiben algunos discos, pectorales y adornos de la nariz trabajados en la forma descrita, pero el verdadero arte de los teucuitlapitzque (orfebres) se revelaba en el trabajo de fundición a la "cera perdida", de la cual se obtenían los objetos más finos y apreciados. Sahagún nos informa que en primer término las figuras se tallaban o esculpían con esmero en una mezcla de carbón y barro amasados y secados al sol, empleando una "raederita de cobre". Una vez obtenido el modelo se le cubría con una fina capa de cera de abeja, que a su vez se recubría con una segunda envoltura a manera de concha: a continuación se derretía el oro, el teocuítlatl o excremento divino. Al caer la basura preciosa y trasudor del Dios Sol, símbolo del fuego y de la casa brillante, sobre la capa de cera, la fundía hasta cobrar la forma del modelo. A continuación se despojaba la pieza ya fría del molde de barro y carbón y de la envoltura, templándola inmediatamente con un baño de alumbre y puliéndola con "tierra mezclada con un poco de sal, con lo que el oro se pone muy hermoso y amarillo... y así se frota, pule y hermosea la joya de manera que queda muy brillante, luciente y radiosa". Se ha discutido si los alambres de oro (filigrana) que caracterizan por su fineza la orfebrería mexicana precolombina, se trabajaban mediante hilos de metal soldados posteriormente a la pieza por calentamiento o si se elaboraban a la "cera perdida", mediante hilos de cera o de algodón puestos sobre el molde a fundir.





Desafortunadamente, de toda esta riqueza descrita tan ponderosamente por Motolinía, Las Casas, Sahagún, Bernal Díaz, Cortés y otros cronistas, apenas queda una pequeña cantidad de piezas importantes, la mayor parte mixtecas, salvadas casi siempre por haber permanecido ocultas en entierros precortesianos. Sin embargo, la minuciosa y excelente descripción de Motolinía de una pieza fundida por indígenas, bastará para exaltar la memoria de tan importante arte autóctono:

"Los plateros de estas tierras fáltanles los instrumentos y herramientas para labrar de martillo: pero una piedra sobre otra hacen una taza llena e un plato: mas para fundir una pieza o una joya de vacío hacen ventaja a los plateros de España, porque funden un pájaro que se anda la legua y la cabeza y las alas, e vacían un mono y en las manos pónenle unos trebejuelos que parece que baila con ellos: y lo que es más, sacan una pieza la mitad de oro y la mitad de plata, y hacían un pez, las escamas la mitad de oro y la mitad de plata, una escama de plata y otra de oro, que de esto se espantaron mucho los plateros españoles."

Ahora bien, en el vasto complejo de las culturas indígenas mexicanas. ¿Cuáles fueron las que válidamente se pueden señalar como productoras de los objetos arqueológicamente conocidos? Solamente se tiene certeza de la importancia de Atzcapotzalco como lugar de orfebrería, pero por desgracia la suntuosidad y belleza de su producción sólo se conoce por alusiones históricas, pues la mayor parte de los objetos se perdió con la Conquista y poco o nada ha llegado hasta nuestros días.

Por tradición se consideraba a los zapotecas como los productores de la orfebrería, pero recientemente se ha propuesto, con abundancia de razones, el nombre de los mixtecos. Su orfebrería se caracteriza por la excelencia de la fundición y por la presencia de finísimos alambres de filigrana, es decir, hilos fundidos a la "cera perdida" o bien soldados después de la manufactura de la pieza. Se han encontrado muestras de este arte en tumbas ubicadas tanto en la Alta Mixteca como en el Valle de Oaxaca y en la región ístmica del mismo estado: en San Sebastián. cerca de Tehuantepec; y en Monte Albán, Pueblo Viejo, Yanhuitlán, Coixtlahuaca y Teotitlán del Camino, sitios indistintamente mixtecos o zapotecas. Aunque la naturaleza transportable del oro y su intenso comercio impiden buscar un punto de apoyo seguro en el sitio arqueológico del hallazgo. la frecuencia de descubrimientos en una zona puede constituir una base para futuras elucidaciones.


Entre los objetos de la orfebrería oaxaqueña que muestran su plenitud y esplendor se cuentan los anillos de filigrana completados con pendientes de cascabel. Se han mencionado dos anillos procedentes de una tumba de Huajuapan que, al parecer, se hallan actualmente en colecciones privadas de los Estados Unidos: el primero con un rostro humano labrado con esmero, del cual cuelga un enorme cascabel, y el otro, con preciosa filigrana que en la parte frontal simula la figura de un jaguar. Pero son los anillos de la tumba mixteca de Monte Albán los que sobrepasan en suntuosidad y delicadeza a cuanto se pueda decir. Cuando se admira el anillo de la Tumba 7 que exorna un águila caudal descendente (cuauhtémoc), que representa al sol poniente que cae y va a ocultarse en el horizonte, y lleva en el pico el jeroglífico del jade (chalchíhuitl), la cosa preciosa, del cual cuelgan sonoros cascabeles, tenemos que reconocer la exquisita sensibilidad y el refinado gusto artísticos de estos orfebres.

Otros objetos del atavío señorial son los bezotes de ámbar, jade o cristal de roca engarzados en oro o únicamente de este metal. Generalmente están formados por un tubo alargado cuya base se bifurca en dos lengüetas que servían para introducirse en la incisión que previamente se hacían en la parte inferior del labio. La forma más común del bezote es un faisán, pero el más interesante adorno labial de oro es el que posee el Museo de Historia Natural de Nueva York, que representa a una serpiente ondulante cuya cabeza remata en una larga lengua bífida movible.

Se tiene conocimiento de que un importante grupo de ciudades en la región nororiental de Oaxaca y sudoriental de Veracruz, en el área mixteco-chinanteca (Teotitlán del Camino, Tuxtepec, Ojitlán, Cosamaloapan, Chinantla, Tuxtla y Tlacotalpan), tributaban al imperio mexicano con dos sartas de cuentas de oro, una de ellas con cascabeles. Su arqueología ha comprobado parcialmente que es en aquella región y en la Alta Mixteca en donde se debe buscar la patria de la orfebrería precolombina de México. Más aún, un códice mixteco, el de Yanhuitlán, reproduce un precioso collar de cuentas de vaciado, ornamentadas con grecas ondulantes muy parecidas en dibujo a las cuentas del collar encontrado en una tumba guerrerense de Texmihuican que por fortuna se conserva completo en el país, e idénticas a las cuentas del espléndido sartal recientemente recuperado de una tumba de Coixtlahuaca, en la actualidad en el Museo Regional de Oaxaca. Hay que mencionar también el precioso cascabel de la tumba ya citada, de Coixtlahuaca, notable no solamente por su tamaño sino por su vigor artístico: representa un murciélago, la venerada deidad infernal de la mitología mixteca. acabado con técnica de filigrana bastante grosera: esto último ha permitido clasificarlo como objeto chiriquí de importación, sin reparar en su estilización y en sus características ajenas al estilo centroamericano.

Otros magníficos collares, los más suntuosos conocidos hasta ahora, son los de la Tumba 7 de Monte Albán, ya de simples cuentas ovoides rematadas por cascabeles, ya de carapachos de tortugas o de diseños geométricos, pero siempre con largas y alegres campanillas. De igual lugar procede un ejemplar del báculo real. Es éste un tubo de regular tamaño, trabajado en parte con filigrana, que remata en una cabeza de serpiente, en tanto que en el otro extremo se encuentra abierto para insertar en él largas plumas de quetzal. Del mismo entierro real proceden algunas orejeras, una pluma y una bolsa de tabaco (yetecómat) con figura de calabaza que formaban parte de la indumentaria del señor mixteco que fue enterrado entre 1465 y 1517 en aquella suntuosa cámara sepulcral de Monte Albán.

Son de extrema importancia diversos hallazgos, como el de la tumba de San Sebastián, cerca de Tehuantepec, el pectoral de una tumba de Coixtlahuaca y los que figuran en las colecciones de los museos de Tulane y de Antropología e Historia de la Ciudad de México, así como una de las obras maestras de la orfebrería de todos los tiempos: el delicado escudo de oro y turquesa de Yanhuitlán, en la Alta Mixteca, pero es el descubrimiento de la Tumba 7 en Monte Albán el que sobrepasa en esplendor a cuantos se hayan realizado hasta ahora.

Los objetos de metal en los cuales los orfebres mixtecos volcaron todo su arte y delicadeza, fueron los joyeles que colgaban de los cuellos de los sacerdotes y de la nobleza en las grandes ceremonias indígenas. Hoy conocemos algunas piezas recuperadas por la arqueología que formaron parte de conjuntos deslumbrantes y que nos permiten imaginar cómo lucirían aquellos caciques y personajes indígenas, ataviados con tocados de plumas, preciosos mantos tejidos y elegantes sandalias y ostentando en el rostro, el pecho y las manos el colorido deslumbrante de los ornamentos de oro y de mosaico. Allí están esos joyeles que hablan de aquel mundo colmado de finura, rico en imaginación y colorido, dotado de una sensibilidad superior para las artes más preciosas.

La contemplación en conjunto de tan espléndidas obras de arte mueve no sólo a la más pura y desinteresada admiración estética, sino al entusiasmo por el arte del pasado, que si bien ya no podemos revivir, sí debemos conocer, porque toda vida espiritual requiere de recuerdos y del entendimiento de las raíces que han de dar forma a la herencia cultural de un pueblo.










Cultura e conhecimento são ingredientes essenciais para a sociedade.

A cultura é o único antídoto que existe contra a ausência de amor.


Vamos compartilhar.

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