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terça-feira, 28 de julho de 2015

MUSEALIZACIÓN DEL OBJETO (MUSEALIA) - · en CULTURA, INSTITUCIONES,MUSEO, MUSEOGRAFÍA, MUSEOLOGÍA, OPINIÓN. ·

A veces este término es reemplazado por el neologismo musealia (poco utilizado – a nosotros tampoco nos gusta nada de nada -), construido sobre un modelo del latín: musealia que constituye un plural neutro, los musealia.


En su sentido filosófico más elemental, el objeto en sí mismo no es una realidad, sino un producto, un resultado o un correlato. En otras palabras, designa a lo que es apoyado o arrojado a la cara (ob-jectum, Gegen-stand) por un sujeto que lo trata como diferente de sí, aún cuando se considere a sí mismo como objeto. Esta distinción entre sujeto y objeto es relativamente tardía y propia de Occidente. En este caso, el objeto difiere de la cosa, la cual, por el contrario, mantiene con el sujeto una relación de contigüidad o instrumentalidad. (ejemplo: el instrumento, como prolongación de la mano, es una cosa y no un objeto). Un objeto de museo es una cosa musealizada, una cosa que puede ser definida como cualquier realidad en general. La expresión “objeto de museo” podría casi pasar por un pleonasmo en la medida en que el museo no es solamente un lugar destinado a cobijar objetos, sino también un lugar cuya principal misión es transformar las cosas en objetos.



1. En ningún caso el objeto es una realidad en bruto o un simple dato que bastaría recoger para constituir, por ejemplo, las colecciones de un museo, como si se recogiesen conchillas en una playa. Tiene un status ontológico que va a asumir, en ciertas circunstancias, tal o cual cosa, dando por entendido que dicha cosa no será siempre asimilable a un objeto. De hecho, la diferencia entre la cosa y el objeto consiste en que la cosa es aprehendida en lo concreto de la vida y la relación que mantenemos con ella es una relación de simpatía o de simbiosis. Es esto lo que revela, en particular, el animismo de las sociedades a menudo llamadas primitivas en relación con su funcionalidad, como es el caso de la herramienta adaptada a la forma de la mano. Por el contrario, el objeto es siempre lo que el sujeto coloca frente a él, distinto de él, es lo que está “enfrente”, lo diferente. En este sentido, el objeto es abstracto y está muerto, como cerrado sobre sí mismo, hecho del que da testimonio la serie de objetos que es la colección (Baudrillard, 1968). Este status del objeto se considera hoy como un producto netamente occidental (Choay, 1968; Van Lier, 1969; Adotevi, 1971), en la medida en que es Occidente el que, rompiendo con el modo de vida tribal, piensa por primera vez en la separación entre sujeto y objeto (Descartes, Kant y más tarde McLuhan, 1969).



2. El trabajo de adquisición, investigación, preservación y comunicación del museo lo presenta como una de las grandes instancias de “producción” de objetos, es decir, de conversión de las cosas que nos rodean. En estas condiciones, el objeto de museo – musealium o musealia – no posee una realidad intrínseca, aún cuando el museo no sea el único instrumento “productor” de objetos. En efecto, otros enfoques son “objetivantes”, tal el caso particular de la gestión científica. Esta última establece normas de referencia (por ejemplo, las escalas de medida) totalmente independientes del sujeto y al mismo tiempo, a duras penas puede tratar lo viviente en cuanto tal (Bergson), ya que tiende a transformarlo en objeto, lo que constituye la dificultad de la fisiología con respecto a la anatomía. Simplemente, el punto de vista museal (ayyy!), aunque se encuentre a veces al servicio de la gestión científica, difiere porque su primera preocupación es exponer los objetos, es decir, mostrarlos concretamente a un público visitante. El objeto de museo está hecho para ser mostrado, con todo el abanico de connotaciones implícitamente asociadas, ya que se lo puede presentar para emocionar, distraer o instruir. Esta operación de “mostración”, para utilizar un término más genérico que el de exposición, es tan esencial que es el que, creando la distancia, hace de la cosa un objeto, mientras que en la investigación científica por el contrario, prima la exigencia de rendir cuentas de las cosas en un contexto universalmente inteligible.



3. Los naturalistas y los etnólogos, así como los museólogos, por lo general seleccionan lo que llaman objetos en función de su potencial de testimonio, ya sea por la cantidad de información (rótulos) que puedan llevar para reflejar los ecosistemas o las culturas de las cuales desean conservar las huellas. “Los musealia son objetos muebles auténticos que, como testimonios irrefutables, muestran el desarrollo de la naturaleza o de la sociedad” (Schreiner, 1985). Es la riqueza de la información que llevan en sí mismos la que conduce a etnólogos como Jean Gabus (1965) o Georges Henri Rivière (1989) a atribuirles la calificación de objetos- testimonio que conservan mientras están expuestos. Georges Henri Rivière también utiliza la expresión objetos-símbolo para designar ciertos objetos-testimonio cargados de contenido que pretenden resumir toda una cultura o toda una época. La consecuencia de esta objetivación sistemática de las cosas permite estudiarlas mucho mejor que cuando quedan en su contexto de origen (sitio etnográfico, colección privada o galería), pero también puede poner de manifiesto una tendencia fetichista: una máscara ritual, una vestimenta ceremonial, un instrumento musical, etc., cambian bruscamente de estado al entrar en el museo. Artificios como la vitrina o el cimacio, separadores entre el mundo real y el mundo imaginario del museo, no son otra cosa que rótulos de objetividad que sirven para garantizar la distancia (crear una distanciación, como decía Bertold Brecht del teatro) y señalar que lo que se presenta no pertenece más a la vida, sino al mundo cerrado de los objetos. Por ejemplo, no se tiene el derecho de sentarse en una silla que pertenece a un museo de artes decorativas, lo que presupone una distinción convencional entre la silla funcional y la silla-objeto. “Desfuncionalizadas” y “descontextualizadas”, a partir de ese momento, no sirven más para los fines a que estaban destinadas, sino que entran en un orden simbólico que les confiere una nueva significación (lo que conduce a Krzysztof Pomian a llamarlas “portadoras de significación”, (semióforos) y a atribuirles un nuevo valor que en principio es puramente museal, pero que puede devenir económico. Se transforman así en testimonios “principales” de la cultura.



4. El mundo de la exposición refleja tales elecciones. Para semiólogos como Jean Davallon “…los musealia se pueden considerar menos como cosas (desde el punto de vista de su realidad física) que como entes de lenguaje (definidos y reconocidos como dignos de ser conservados y presentados) y como soportes de prácticas sociales (son recolectados, catalogados, expuestos, etcétera)” (Davallon, 1992). En una exposición, los objetos son utilizados como signos del mismo modo que las palabras en un discurso. Pero los objetos no son otra cosa que signos, puesto que por su sola presencia pueden ser directamente percibidos por los sentidos. Por esta razón a menudo se utiliza, para designar al objeto de museo presentado a partir de su poder de “presencia auténtica”, el término anglosajónreal thing, traducido como cosa verdadera, es decir “cosas que presentamos tal cual son y no como modelos, imágenes o representaciones de cualquier otra cosa” (Cameron, 1968), lo que supone, por diversas razones (sentimental, estética, etcétera), una relación intuitiva con lo que está expuesto. El término objeto expuesto (expôt) designa las cosas reales que están expuestas, pero también todo elemento digno de ser expuesto (un documento sonoro, fotográfico o cinematográfico; un holograma; una reproducción, una maqueta, una instalación o un modelo conceptual.


5. Una cierta tensión opone la cosa verdadera y su sustituto. Conviene destacar, en este sentido, que para algunos, el objeto semióforo no aparece como portador de significación más que cuando se presenta por sí mismo y no por vía de un sustituto. Pero, por amplia que pueda parecer esta concepción, no tiene en cuenta ni los orígenes del museo durante el Renacimiento (ver Museo), ni la evolución y la diversidad a la que ha llegado la museología del siglo XIX. Tampoco considera el trabajo de cierto número de museos cuyas actividades son esencialmente parecidas, por ejemplo, en Internet o sobre soportes duplicados; generalmente, todos los museos hechos de sustitutos como las yesotecas, las colecciones de maquetas, las ceratecas (museos que conservan reproducciones en cera) o los centros de ciencias (que exponen sobre todo modelos). Desde el momento en que los objetos se consideran elementos del lenguaje, permiten construir exposiciones-discurso que no siempre alcanzan a sostener dicho discurso. Por lo tanto, es necesario imaginar otros elementos de sustitución del lenguaje. Cuando la función y la naturaleza del objeto expuesto buscan reemplazar una cosa verdadera o un objeto auténtico, se le atribuye la cualidad de sustituto. Puede ser una fotografía, un dibujo o un modelo de la cosa real. El sustituto es considerado opuesto al objeto “auténtico” (si bien no se confunde totalmente con la copia del original, como sucede con los calcos de las esculturas o las copias de las pinturas), en la medida en que puede ser creado directamente a partir de la idea o del proceso, y no sólo a través de una copia exacta del original. Según la forma del original y el uso que de él se haga, puede ser ejecutado en dos o tres dimensiones. Esta noción de autenticidad, particularmente importante en los museos de bellas artes (obras maestras, copias y falsificaciones), condiciona una gran parte de las cuestiones ligadas al estado y al valor de los objetos. Se observa, sin embargo, que existen museos cuyas colecciones sólo están compuestas de sustitutos y que, de manera general, la política de sustitutos (copias, yesos o ceras, maquetas o soportes digitales) abre amplia- mente el campo de acción del museo y contribuye a cuestionar, desde el punto de vista de la ética museal, el conjunto de valores actuales de dicha institución. Por otra parte, desde una perspectiva más amplia, todo objeto expuesto en un museo debe ser considerado como un sustituto de la realidad que representa, porque como cosa musealizada, el objeto de museo, es en sí mismo, un sustituto (Deloche, 2001).



6. En el contexto museológico, sobre todo en las disciplinas arqueológicas y etnográficas, los especialistas se han acostumbrado a revestir al objeto del sentido que ellos imaginan a partir de sus propias investigaciones. Mucho son los problemas que se plantean. Ante todo, los objetos cambian de sentido en su medio de origen siguiendo el capricho de las generaciones. A continuación, cada visitante es libre de interpretar lo que contempla en función de su propia cultura. De lo que resulta un relativismo que Jacques Hainard resume, en 1984, con una frase que se tornó célebre: “el objeto no es para nada la verdad de nada; polifuncional primero, polisémico después, no tiene sentido más que puesto en un contexto”. (Hainard, 1984).

“Tiny PMS Match“, (en PICDIT)

MUSEALIA

S. m. (del latín objectum, echar en cara). – Equivalente inglés: object; francés: objet; alemán: Objekt Gegenstand; it.: oggetto; portugués: objecto, (portugués brasileño: objeto).


fonte: @edisonmariotti #edisonmariotti Espacio Visual Europa (EVE)

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